Nació hace 35 años en Villa
Ángela, una comunidad toba del corazón de Chaco. Creció sabiendo cómo se hacen
los ladrillos de tierra colorada y cómo es pasar horas y horas bajo el calor
que descompone cosechando algodón, tarea que realizó junto a su familia,
especialmente su padre.
No reniega de su infancia. Dice
que fue lo que le tocó y que, pese a los inconvenientes y carencias a los que
las comunidades originarias están acostumbradas, sus días chaqueños fueron
felices. El amor de la familia fue la verdadera riqueza para la mayor de siete
hermanos. Lo único que lamenta, mientras conversa con Infobae, es no haber
aprendido su lengua nativa. “Al igual que otras costumbres, esa también se está
perdiendo. Las últimas generaciones ya casi no lo hablan”.
Creció en una familia de boxeadores: su papá es Martín “La Cobra” Sánchez. Sus tíos también boxearon, pero no fue hasta que vio a su padre vencido en el cuadrilátero que despertó en ella una furia ancestral y un deseo de “venganza” con la vida por considerarla tan injusta para ese hombre que unos meses antes lloraba la muerte de uno de sus hermanos.
“No merecía perder. Estaba
abatido y salió a pelear igual, pero ese combate fue su único nocaut”, recuerda
y aún le duele. “Papá, yo voy a pelear y buscar el título de campeona del
mundo”, le prometió aún sin saber siquiera qué le decía.
En una conmovedora entrevista con
Infobae, la campeona argentina y sudamericana habló del camino que emprendió
tras aquella promesa: sus primeros años viviendo sola en Buenos Aires, donde
debió atravesar momentos de acoso que la obligaron a crecer; la maternidad que
llegó hace cuatro años y el combate de su vida. El primero de febrero, en Villa
Carlos Paz, buscará convertirse en campeona del mundo en la categoría
minimosca.
La Cobrita
En el corazón del Chaco, donde
los sueños se tejen entre la tierra y el sudor, nació Andrea “La Cobrita”
Sánchez. De su padre, Martín “La Cobra” Sánchez, no heredó no solo el apodo,
sino también una pasión desbordante por el boxeo. No oculta su admiración por
él mientras cuenta que desde pequeña observaba a su padre ganándose la vida con
empeño, a los golpes y quemándose la piel bajo el sol que, literalmente, rajaba
la tierra y su cuerpo.
Tenía apenas 14 años cuando
decidió que el boxeo sería su vida. Con una determinación asombrosa (que a ella
misma, 21 años después, estremece), dejó su tierra natal para probar suerte en
Buenos Aires: en realidad, lo hizo persiguiendo ese sueño de llegar a lo más
alto. Y sabía que lograrlo tenía muy poco de suerte si no que necesitaba
emprender un rumbo de esfuerzo, disciplina y mucho coraje, sobre todo, para
abrirse camino en ese mundo tan masculino y de los hombres. También sabía que
esos requerimientos los traía innato.
“Cuando inicié, antes de los 15
años, hice mis primeras exhibiciones en Chaco. A los 18 años, me mudé a
Rafaela, Santa Fe, donde di mis primeros pasos y tuve las primeras peleas
amateurs. Allí me preparé, digamos, para pegar el próximo salto que era ir adonde
Dios tiene su oficina: Buenos Aires. Aunque ya estaba pulida para el boxeo
amateur, al llegar a la gran ciudad me di cuenta de que me faltaba cien pasos
más para ser profesional. Entonces, tuve algunas series de peleas amateurs más,
proceso en el que me acompañó Sergio Víctor Palma, uno de los técnicos que tuve
y campeón del mundo. Luego conocí a Julio García, que también fue mi director
técnico y atravesó a mi lado la era amateur y la profesional. Estuvo conmigo
hasta el último mundial que disputé y perdí contra México”, resume los años
primeros años de entrenamiento y trabajo duro ya instalada en la Capital
Federal.
Ese recorrido, asegura que lo
hizo con el objetivo bien claro. “Siempre estuve enfocada en mi meta: ser
campeona del mundo en mi categoría”, reitera y se recuerda para qué vino. En el
“mientras tanto” que vivió — porque aunque el deporte le cambió la vida hasta
en lo económico— trabajó modelando para marcas de prendas y productos
deportivos.
“Tuve muchísimas ofertas para
desviarme de mi camino. Imagínate que yo salí de mi casa siendo muy chiquita y
mil veces me replantee si lo que estaba haciendo, el dejar mi casa, a mis
hermanitos, a mis padres para estar sola y persiguiendo un sueño, valía la
pena… Entonces, cada vez que aparecían estos tipos de ofertas para desviarme
sólo pensaba en quienes había dejado de lado y para qué, así volvía a
enfocarme: me decía a mi misma que vine a buscar mi título, a consagrarme, a
ser campeona del mundo de boxeo”, remarca con énfasis y la voz casi quebrada.
Luego de una pausa, suspira y
cuenta que ésas ofertas para desviarla fueron proponerle ser parte de realities
shows, la actuación o emprender una carrera en el modelaje. “Para mí, lo de ser
modelo publicitaria iba de la mano del boxeo porque buscaba promover mi deporte
y mostrar el lado más femenino que tiene porque ser boxeadora no te quita la
feminidad. También hacía publicidades porque hacer deporte de alto rendimiento
siempre fue caro y necesitaba tener mis fuentes de ingresos porque como
deportista amateur no se puede vivir del boxeo y siendo profesional, tampoco.
El alto rendimiento es caro y aunque tengo sponsor, debo solventar mis gastos”,
dice y cuenta que desde que entendió que no puede vivir del deporte dejó de
hacer números porque “es desmotivador para un atleta enfocarse en lo económico
y no en su gloria”.
Andrea vuelve nuevamente a su
pasado en Villa Ángela. Estar allí mentalmente la pone en foco. “A mí el boxeo
me sacó de la pobreza. Yo vengo de padres ladrilleros, orgullosa lo digo. Desde
muy chiquita ellos me enseñaron a trabajar y a ganarme el pan. Vengo de otra
crianza: yo pagaba mis cosas con mi trabajo aún siendo chiquita. Tengo seis
hermanitos. Cuando nació Guadalupe, la menor, me estaba yendo de casa y casi no
la conozco porque por el deporte siempre tuve que estar lejos y enfocada.
Entonces, cada vez que nos vemos con mis hermanos vuelvo a ese pasado porque
fui la típica hermana mayor de provincia, que deja de comer para que los
hermanitos se llenen la panza. Yo los cuidé y los protegí; a esos recuerdos los
tengo latentes, pero ya están grandes y hay que volver a conocerse”, dice con
algo de tristeza y resume con orgullo cómo son las vidas de Cecilia (33),
Gabriela (31), Lorena (30), Verónica (27), Walter (25) y Guadalupe (19).
No sabe si por haber sido las
mayor, pero aún es la más apegada a su papá. Y cuando “La Cobra” boxeaba, ella
estaba al lado. “Desde chiquita fui a verlo pelear a mi papá. Hizo un par de
peleas para la Federación Argentina de Boxeo y la Selección. Después fue
convocado para quedarse peleando en Buenos Aires y durante ese tiempo, su
hermano, el más apegado, se suicidó. Fue muy duro para él. Recuerdo que cuando
pasó, de la bronca le pegó una piña a la heladera y se rompió la mano. Estaba
triste y lesionado. Pasaron dos años para recuperarse de ese golpe y volver al
ring. Él también es el mayor de varios hermanos y cuando es así sentís
responsabilidad sobre ellos, así nos educaron. Entonces, desde ese día, mi papá
empezó a sentir que le faltaba algo. Yo lo acompañaba a correr y me daba cuenta
de que estaba muy vacío en lo deportivo porque para competir se necesita una
motivación, un objetivo. Él seguía por complacer a la gente que le pedía que
volviera”, cuenta pausada y la historia la conmueve.
Emocionada, sigue: “Él quería ser
campeón por la gente, no por él. Cuando volvió al ring, perdió por nocaut. Fue
el primer nocaut en que lo vi caer… ¡Fue muy fuerte! Y en una conversación que
tuvimos mientras cosechábamos algodón le pregunté si quería seguir boxeando.
Dijo: ‘No sé. Siento que me falta una parte’… Estaba muy abatido y sentí que
era muy injusto para él, porque merecía ser campeón del mundo”. Esa charla se
dio un día de 50° de temperatura, en un campo donde trabajaban juntos. No
habían tomado una gota de agua y apenas habían comido un poco, pero no lo
suficiente. Entre esos copos blancos, Andrea vio la fragilidad de la persona y
convirtió a su padre en un guerrero.
“Al admitir su dolor me demostró
su coraje y su entereza. Ahí fue cuando le dije que yo iba a buscar el título
del mundo. ‘¡Ni se te ocurra! Ese es un camino muy largo y muy duro, hija. Vos
vas a terminar de estudiar y te vas a recibir de algo’, me dijo. Tenía 14 años
y estaba haciendo la primaria, al que iba 15 días y 15 trabajaba en el campo.
Le dije que nos merecíamos el titulo de campeones del mundo, y que yo lo
haría”, dice y se quiebra.
La escuela en la que cursaba era
vecina de un club de boxeo. Y, un día, decidió no entrar al aula y fue a
preguntar por las clases de box. “Empecé a escondidas porque no me dejaba. Sin
que se diera cuenta él, le sacaba las vendas de su bolso y las ponía en mi
mochila. Yo iba al colegio de noche, porque trabajaba desde las 4:00 en la
cosecha de algodón o íbamos a hacer ladrillos, y terminábamos a las 18. A las
ocho de la noche estaba en el colegio y a medianoche nos íbamos a casa a comer
lo que había y acostarnos. Al otro día, igual. Esa era la rutina de lunes a
sábado y a veces los domingos. Como el club estaba pegado al colegio, a veces
entraba y al que fue técnico de boxeo de mi papá. Durante dos o tres meses
entrené a escondidas de mi familia y quedé libre en la escuela. Se enteraron
mis papás y pensaron que faltaba porque había conocido algún chico y me estaba
portando mal, pero iba a entrenar”.
A los tres meses, le propusieron
realizar su primera exhibición con una boxeadora amateur. “Tenía que debutar en
una ciudad vecina pero implicaba todo un proceso de viajar y nunca antes había
viajado más que con mi papá y mi mamá para trabajar. Entonces, fui a la casa de
mi abuela y le conté todo. Ella era mi segunda mamá. Le pedí que dijera que la
tenía que cuidar esa noche. Lo entendí y me dijo que no iba a ir sola. Me
acompañó, me compró lo que me hacía falta, unas vendas nuevas, un bucal,
vaselina y otras cosas que necesitaba. Y fui con ella a mi primera pelea”. El
llanto se apodera de Andrea con el recuerdo de su abuela, que falleció hace un
año.
Su papá se enteró de esa
exhibición y la vio. El canal local pasó el combate y se enojó por la decisión
que tomó Andrea. Al verla, le dio un golpe porque sintió que se puso en riesgo,
y a los segundos le pidió perdón. Ella lloró, sin entender. Le pidió perdón
también por no haberle contado, pero le explicó que ese era su destino. El
hombre, decidió que sería él quien la prepare para las próximas peleas.
Camino al sueño
Desde ese momento, su carrera se
disparó como el vuelo de un cóndor y logró títulos importantes: el campeonato
argentino y el título intercontinental minimosca de la Federación Internacional
de Boxeo, en 2017. En 2018, tuvo la primera oportunidad de ir por el ansiado
titulo mundial de la Federación Internacional de Boxeo y perdió contra la
mexicana Guadalupe Bautista. Esa pelea se realizó en el Club Unión Progresista
de su ciudad natal, Villa Angela, y la “Licenciada” ganó por nocaut técnico en
el 8° round, y se quedó con el título minimosca.
“Me dolió muchísimo perder.
Después de esa pelea, tuve un parate con el boxeo porque necesitaba encontrarme
conmigo. Luego hubo muchos cambios. Conocí a mi marido, que vuela helicópteros,
y fui mamá. Fue algo que busqué muchísimo”, cuenta sobre cómo la vida la
sorprendió con un nuevo desafío en 2020 con la llegada de su hijo Augusto, que
nació durante la pandemia, en medio de la incertidumbre y el aislamiento. La
llegada de su bebé fue un momento de alegría indescriptible para ella, pero
también una prueba de fuego. Los primeros meses fueron duros, enfrentando las
demandas de la maternidad mientras su corazón también anhelaba volver al ring.
“Fueron casi tres años alejada
del ring. Volví y perdí las primeras peleas”, lamenta sobre el regreso que no
le fue fácil: tuvo tres derrotas consecutivas que la hicieron dudar de su lugar
en el boxeo. Pero el lazo inquebrantable con su padre y el amor por su abuela,
quien siempre la alentó desde la distancia, le dieron la fuerza necesaria para
levantarse. Con el apoyo de su familia y la comunidad de Villa Devoto, donde
reside, Andrea encontró nuevamente su lugar y ahora se prepara para cumplir su
promesa.
A días de volver a estar frente a
frente con su mayor deseo, sostiene: “Deseo dejar un mensaje de superación
personal porque, prácticamente, estoy en mis últimas peleas en el boxeo. Logré
muchos objetivos en el deporte, pero sentía que me faltaba este: la posibilidad
de dejar este mensaje. Y quise hacerlo con Infobae porque lo sigo y leo
muchísimo”.
Hoy, Andrea tiene con la mirada
puesta en ese futuro inmediato y sueña con el título mundial. Disfruta también
de su vida como modelo para marcas deportivas, disfruta ser una de las mejores
boxeadoras del mundo y tiene su propio programa de streaming donde entrevista a
otros atletas para fomentar el deporte. Su historia es un testimonio de coraje
y resiliencia, una prueba de que los sueños, aunque desafiantes, pueden
alcanzarse con determinación y rodeado del amor de los seres queridos.
Andrea “La Cobrita” Sánchez, más
fuerte que nunca, sigue peleando, no solo por un título, sino por el legado de
su familia y su pasión por el boxeo.
Fuente: Infobae

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